Ahí entraba ella, con sus trenzas, gorro, anteojos, pantalón de jean corto y top naranja flúor. La saludé tímido:
—Bom dia.
Pero ni me registró. Es que cuando la vi me impactó y me volví muy chiquito. Creo que ni me salió la voz. No sé decir otra cosa en portugués más que saludar y agradecer, porque, ante todo, lento y respetuoso.
Miento. Antes en el supermercado también dije:
—100 gramos de queijo y 100 gramos de presunto.
Que, por la etiqueta pegada en el jamón, supuse que era eso.
Yo estaba en el patio haciéndome unos sanguchitos con pan lactal. Había llegado hace 15 minutos de la playa. Era mi primer día y no conocía a nadie.
Parecía inalcanzable, pero esas cosas de la vida nos unieron y el destino me dio una palmadita en la espalda cuando la escuché decir:
—Hablo poco español.
Y ahí me volví gigante. A la mierda el traductor.
—Soy carioca. Solo estoy tres noches acá.
No volvimos a hablar. Pero a la noche siguiente coincidimos en un boliche chico, con banda en vivo. Le dije que no sabía bailar forró (tampoco sabía qué significaba; solo lo vi en la pantalla detrás de la banda) y le pregunté si me podía enseñar.
Aceptó gustosa.
En realidad, me le abalancé un poco y como que no tuvo mucha opción. Me explicó que era un paso para atrás y otro para adelante, poniendo mi pierna entre medio de la de ella y girando. Pero me perdí cuando toqué su cintura. Ya no me importaba la coordinación. Actuaba por inercia, dejándome llevar.
No sé explicar muy bien cuándo algo es lindo. Es difícil encontrar palabras sin que suene reduccionista. Pero la sonrisa que tiene no la vi nunca en mi vida.
Quizás exagero y piensan que estoy enamorado. Pero no. Estoy siendo lo más realista posible. También confesarles que un poco me volvió loco, porque empezaba a pasar eso rarísimo: que la belleza física coincidiera con la belleza intelectual. Es inteligentísima también. Y eso me pierde.
Quedaba una noche y se volvía a Recife, y de ahí a Río. En mi percepción: al infinito y más allá.
Esas cosas que pasan en los viajes: ese amor mágico lleno de confianza, esas amistades fugaces, la adrenalina de que todo es efímero y confuso… Me obligó a pensar que nos pasaba lo mismo.
Entonces, cuando bajé a desayunar al día siguiente, la vi sentada en la mesa justo al frente de mí. Y a veces lo que pasa en la noche queda en la noche, y el desconocimiento al otro día suele ser algo normal.
Pero este no fue el caso.
—¡Hola! Bom dia. ¿Vas a hacer algo a la mañana? -dije con un pedazo de tapioca reseca en la mano.
—Voy a ir a la playa de acá, a ver las piscinas naturais.
—¿Puedo acompañarte?
—Claro. En 15 salimos, si te parece.
Subí a la habitación como si tuviera algo importantísimo que hacer, solo para esperar 15 minutos y bajar de nuevo, ya menos excitado, más calmado.
Caminar y escucharla hablar tan bien español, mientras yo hablaba tan mal portugués, por momentos me daba risa. Intentaba ocultarlo para no parecer un esquizofrénico riéndome solo.
Pasamos horas dentro del mar. Ese mar calentito. Rompí todos mis récords de tiempo sumergido en agua.
Al salir ya estaba oscureciendo y la caminata se volvía cada vez más lenta.
Nos detuvimos frente a la puerta y ella dijo:
—Qué hermosa luna. Qué linda noche. Me encanta.
Y yo, que soy un imbécil, le dije que sí, pero que me gusta más cuando la luna está llena.
Y no le dije: “Você é linda demais, sabia?” para después besarla como Humphrey Bogart besó a Ingrid Bergman a la luz de la luna.
Y como si fuese la última bala en el cargador, me salió:
—¿Te gustaría que salgamos a cenar juntos?
Tensión.
Respondió que sí.
¿Acaso es una cita? ¿Se me dio? ¿Eso que veo a lo lejos son fuegos artificiales?
Esa noche, calculo que por nervios, la saludé cuatro veces con doble beso (porque en Río se saludan así) y le dije mínimo tres veces que me escriba y yo pasaba a buscarla.
Lo que viene a continuación es el comienzo de mi mejor peor anécdota.
Eran las 19 y esperaba su mensaje.
Se hicieron las 20.
Las 21.
Para mí fue como un ghosteo internacional. Ese ghosteo fala português, pensé.
Pero a las 21:49 llegó su mensaje:
—Hola. Yo estaba dormida.
Bueno, más vale tarde que nunca pensé.
—Voy a salir con las chicas de mi quarto.
Prefería estar durmiendo antes que leer eso.
Yo entendí que, si salía con las chicas, no quería salir conmigo. Y en un acto de completo egoísmo e inmadurez le respondí:
—No hay problema. Salí con las chicas y aprovechá tu última noche.
—¿Querés venir? -dijo.
A esta altura es por pura cortesía, pensé
Ella solía tardar entre 20 y 30 minutos en responder. Entonces contesté rápido:
—Sí, me gustaría verte. Pero también respeto si es solo salida de chicas.
Esperé unos minutos, no hubo mucha insistencia y me dormí vestido, me desmayé.
Estaba cansado de la noche anterior, había dormido solo cuatro horas. Podría haber hecho una siesta reparadora, pero no lo hice por esperar su mensaje y por miedo a dormirme.
23:30 fue la última vez que vi el celular.
A las 00:05 me escribió que estaba en una rua donde había música que estaba muy bueno.
Al otro día me sentí medio un pelotudo, pero se me fue pasando.
Yo pensaba que ella viajaba de madrugada a Recife, pero vi que se fue después del mediodía. Podría haber pasado la mañana con ella. Estaba despierto desde las 8 de la mañana, superdescansado. Hasta que recordé que me había anotado para una clase de surf.
SURF.
Algo que jamás hice y lo estaba haciendo justo cuando mi amor de verano se estaba yendo.
Yo iba para Recife también, pero un día después. Ella ya estaría en el avión de vuelta a Río.
Todo parecía indicar que el destino nos alejaba para siempre. Y yo me quedaría sin despedirla.
Hoy ya en Argentina, recibí un mensaje. Seis días después de la última vez que nos vimos:
—¿Conocés una buena agencia de viajes para Ushuaia?
Era ella. La morocha más linda de todo Brasil.
La conexión fue real. No me equivocaba. Los planetas se alinearon.
Viene para Argentina en 20 días.
Ansiedad y estrés, prepárense para entrar en mi cuerpo.
—Estoy pensando en ir y quizás tenga una escala de varias horas. ¿Podríamos vernos?
Claro que sí. Solo me costaría viajar una hora y media de ida, buscarla en el aeropuerto, ir a un restaurante a 40 minutos, después llevarla al aeropuerto otros 40 minutos y volver una hora y media más a mi casa. Como ir a Mar del Plata. Pero por la morocha, todo.
Entonces le comenté que, si quería, yo podía sacar una o dos noches de hotel y hacer un plan más relajado.
Respondió rápido. Dos letras.
N-O.
¿Cómo se me ocurrió decirle eso a una mujer que solo me conoció un día y que va a estar en otro país sola? ¿Soy el fucking Ted Bundy?
Después le escribí que no era ninguna molestia aprovechar la escala de 19 a 7. Podíamos cenar, charlar, divertirnos, mostrarle algo de Capital. Un plan tranqui.
Pero como cagarla es gratis y tiendo a sobrepensar, la única forma de tranquilizarme fue enviar el siguiente mensaje, de la manera más sincera posible:
—Quiero que sepas que me gustás y por eso me interesa volver a verte. Si estás en la misma sintonía, nos vemos. Si no, tudo bem. No hay problema. Te recomiendo que saques el vuelo con escala más corta y en Aeroparque, porque Ezeiza es horrible.
Necesitaba una garantía. Ordem e Progresso. Porque si no ya sería la cuarta vez que se truncaba esta historia que nunca empezó.
La primera: me dormí.
La segunda: el surf.
La tercera: Recife.
La cuarta: en mi país.
De local nunca, maestro.
Esta vez rompió el récord y respondió dos horas después:
—Cambié mis planes de vuelo. No te preocupes.
Kkkkkkk y sí, yo hubiera dicho lo mismo.
Igualmente, en esa demora ya me había respondido.
Me sirvió para comprobar que el destino no tuvo la culpa. Que las decisiones que nos gustan se responden rápido. Que si el interés es mutuo, se hace cualquier plan.
Que hay que aprender a disfrutar los momentos. Y que la vida es así (supongo).
Después me dejó en claro que lo que pasó fue solo amistad. Creo que de Ted pasé a ser una especie de Roberto Carlos.
De esos días me quedaron algunas canciones, un par de fotos y esta historia que ya no sé qué es verdad y qué es mentira.
Solo espero un mensaje que diga:
—Oi.
Si lo hace, solo le responderé:
“Você tem um sorriso que desarma qualquer um.”
Y que sea lo que Deus quiera.
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—Me drogaba, mucho me drogaba. Con todo, con kt, con coca, con pastillas, llegue a tener un frasco con popper en la mesa de luz cuál vaso de agua.
Así se presentó Delfina, así comenzó nuestra charla, que antes parecía una cita.
Yo vi varios tics, movimientos rápidos de las manos, esto lo recuerdo por el ruido que hacían los anillos y las pulseras de metal, tipo argollas y un reloj de facha porque esos números eran imposibles de ver. De muchos gestos y miradas al aire. Tenía eso de que no te miran a los ojos cuando te hablan, pero cuando conectaba me ponía nervioso y costaba sostenerle la mirada porque me perdía en esos ojos miel, avellana, medio tigre. Encantadora.
—Igual ya no lo hago más, solo porrito para bajar, para calmar, esas cosas eran de chica —dijo
¿Hasta qué edad uno deja de ser chico?
—Mis viejos me odiaron, ahora creo que ya no, al menos un par de días puedo convivir.
Me contó del padre y de la madre. El padre fumaba, mucho fumaba, mañana, mediodía, tarde y noche. Ella ahora vive en un departamento, pero a veces lo recuerda al padre, a veces siente olor a cigarrillo y no sabe de donde viene, porque nadie fuma ahí.
Me gusto de lejos y de cerca, la ropa, la caminata, soy pésimo para las citas, no entiendo mucho como funcionan, pero me gusta y me entretiene. Yo después le escribí un par de veces al estilo «un día tenemos que ir a…» y nunca un «Dale, me copa, tengo ganas, además está lindo el día, ¿no?»
Nunca más volví a escribirle de esa forma. No hay que forzar las relaciones o situaciones.
Yo creo que tiene buenas tetas, pero como usa las remeras tres talles más es complicado. Le gustan las plantas, los gatos y la IPA.
Me gustan las mujeres que tienen como una especie de poder o un exceso de hospitalidad, como que saben que te falta o que necesitas, nosotros somos torpes, te ayudamos cuando vemos que no podes, ellas lo perciben antes, no sé si me explico sin quedar como un pelotudo.
Esa tarde que ya devenía en noche fuimos para el parque, tomamos una birra bien fresquita y de la nada me dijo:
—Que raro que no subiste esto a instagram
Y le expliqué que no subo todo, generalmente nunca uso el celular en una charla si realmente la estoy pasando bien.
—Era un chiste, no paras de hablar, todo tenes explicar —se rio
—Sí, estoy nervioso, en este momento es hablar o un ataque de ansiedad —exageré un poco y volvió a sonreír
—No pasa nada, me gusta, me parece tierno
Y todo quedo ahí, está bueno sentir que conoces a alguien hace mucho y en realidad jamás la habías visto a esa persona. Ella después de la segunda IPA me confesó que también era malísima para las citas y que a veces no las diferencia. Le creí.
Hoy por la mañana, después de varios meses sin hablarnos, recibí un mensaje de ella:
—Anoche soñé con vos, está lindo el día, ¿no?
El regalo cayó justo en el medio de los dos. Ella agarró un lado y yo el otro. Rompo un cacho de la caja y hay dos paquetes. Uno es un celular medio viejo por lo que vi, y el otro es un kit de sushi con algo que se enchufa. Raro.
—¿Celular o Sushi? —le pregunté.
—Sushi —afirmó sin verlo.
Vio en mi cara una decepción enorme y me dijo:
—¿Qué? ¿Lo querés vos? ¿Para qué me das a elegir? —preguntó un poco indignada.
Yo no lo quería hasta que ella lo eligió de forma tan segura que me hizo quererlo. Lo fácil no me gusta y lo difícil me apasiona.
—Hagamos sorteo, anotá en un papel “Sushi” y yo en otro anoto “Celular”. Sorteamos y listo. —Sacó una lapicera de la cartera y cortó un papelito en dos pedazos. —Toma, anota acá. —me paso un pedazo chiquito de papel
—Dale, ahí lo anoto. ¿Y cómo te llamás vos?
—María Laura, pero no me gusta mi nombre.
—No es tan feo, a mí el que me gusta es “María Paula”, no sé por qué, o “Ana Laura” o “Ana Clara”, así como doble…
—Bueno, estoy apurada. ¿Estás nervioso? ¿Querés que lo escriba yo?
—Sí, dale, anotá vos, que escribo medio como el orto en cosas chiquitas.
Metimos los dos papelitos en un vaso, mezclamos, metió la mano rápido sin pensarlo demasiado. Abrió el papelito, me miró, se sonrió, me lo mostró, salió “Sushi”.
—Ahora sí me voy tranquila, un placer conocerte.
Me expropió el paquete y se fue con paso apresurado, la vi salir, se subió a un taxi cualquiera, me miró y me hizo el gesto como si estuviera rezando.
Yo comencé a caminar hacia la salida, despacio, triste, con un celular viejo, con la incógnita de qué carajo era eso del sushi, y todo era derrota, me sentía como estafado… ¿Estafado?
—¡Qué hija de puta! —exclamé con enojo.
Me volví corriendo a ver el vaso, saqué el bollito que quedaba, lo abrí con total desesperación, que es el momento en el que uno más tarda porque esas mierditas parecen que se pegan y no encontrás la punta, y al abrirlo también decía “Sushi”.
Sonreí porque cuando te cagan bien, es algo satisfactorio y ahí recuperé un poco el ánimo.
La venganza también da esperanza.
María Laura, recordá que el mundo también es un bollito, ya te encontraré.
Ya no recuerdo que hora era, ni tampoco el día, solo que llovía y que era invierno.
Me encontré solo en el sillón de casa, escuchaba el motor del aire acondicionado, mi única banda de sonido. Me quede inmóvil por un largo rato, mirando un vaso de agua que estaba medio lleno, no podía dejar de pensar.
Sé que al decirle que la amaba y que me hacía feliz estaba rompiéndolo todo, al menos considero que a partir de esa palabra se rompen cosas internas y todo se convierte en una eterna despedida. Y hay que ser muy cautos para alargar ese momento y pasarla lo mejor posible. Yo creo que para eso nos unimos, para sobrevivir.
Lo que recuerdo es el color rojizo de sus cachetes acalorados, sus ojos enlacados y sus labios calientes que me quemaban. Estábamos siendo felices.
Pero también estábamos sintiendo que todo se rompía en lo más profundo de nuestros corazones. La alegría no podía tapar a la tristeza y quizás por eso llorábamos. Por no comprender la magnitud de una situación así ¿Qué es lo que viene después? ¿Se puede ser más felices o ya llegamos al límite y ahora todo se corrompe?
Esa noche manejé dos horas, el regreso fue eterno, a veces creo que el tiempo se mide en sentimientos. No recuerdo nada del viaje, solo la vista fija hacia delante como si me estuvieran llevando. Estaba ahogado, tenía calor en pleno invierno.
Por momentos sonreía, porque fue una liberación o más bien una decisión acertada, realmente pienso que explote, que ya no podía contenerlo, porque se lo estaba diciendo con las manos, con los ojos, con el pelo, con todo mi ser. Sentí en un momento al mirarla que no tenía que decirle nada, como que ya estaba todo dicho. Intente fingir, pero no pude, y ahí es cuando se lo dije en el medio de un pasillo de Carrefour mientras nos sorprendíamos de lo caro que estaban las verduras.
Uno nunca puede elegir donde decir una verdad y en todo ese ruido, le dije que la quería, y que no podía explicar en que sentido o con que intensidad, intente darle ejemplos del querer, pero no se me ocurría nada. Le comenté que era lo más parecido a recibir una buena noticia a cada ratito, o como algo similar a estar orgulloso de algo. No sé si lo entendió del todo. Pero ella respondió lo mismo. Que estaba feliz. Y que no sabría que personas seriamos si no nos hubiéramos conocido.
Al llegar a casa, entré, me saqué las zapatillas, prendí un cigarrillo, y me senté en el sillón.
Me dolían los pies por la posición en la que estaba, pero no me percate en absoluto. Solo me di cuenta al bajarlos que estuvieron mucho tiempo enroscados.
Nos estábamos separando.
A esa conclusión llegué sentado en el sillón, mientras todo alrededor comenzaba a caerse.
Tendría que hacer más ejercicio. Lo comprobé cuando estábamos en Chiang Mai, esas bicicleta me estaba transformando el músculo de la pierna en una roca. Pero todo se calmó cuando comenzó la bajada. Bajar a veces no es tan malo.
Mi amigo se adelanto y yo nunca me sentí más paralizado que para cruzar esa calle. Los autos no paraban, nunca cesaban de pasar. Yo miré a mi amigo, levante los brazos y le grite “¡Como carajo cruzo!” el me respondía con sonrisa “Mandate que frenan”. M-A-N-D-A-T-E como si fuese algo simple.
La culpa la tienen los videos virales, yo vi como manejan en Asia, ni en pedo estaba dispuesto a cruzar, opte por bajarme y caminar, camine 1 cuadra con la bici al lado, tome valor y baje al cordón.
Cerré los ojos y corrí con la bici al lado, claro, tendría que haberlos abierto porque el palo que me dí con el otro cordón fue espectacular. Jamas imagine que el cordón era mucho más alto del que yo había bajado, supongo que quizás era para que no crucen por ahí.
Estaba bien, solo un raspón en el codo. Automáticamente le dije a mi amigo, que lógicamente no íbamos a volver por esta avenida, que si quiere que vuelva él solo y yo emprendería otro viaje.
Todo eso lo hacíamos para reservar una excursión a unos templos. Lindos templos. Quien pudiera vivir ahí.
Pudimos llegar, hicimos las reservas y volvimos. Antes frenamos en un Eleven para comprar algo para comer, habían unos sanguchitos por 20 Baths que eran deliciosos.
Yo compré 2 cervezas para el hostel. La noche era hermosa. Hicimos una parada técnica en un bar, en una fiesta electrónica con regadores que nos empaparon, pero estábamos felices, estábamos en Tailandia.
Las bicis ya no estaban más, claro, uno las activaba con el celu y eran gratis. Optamos por caminar 1 cuadra y agarrar otras bicis, con un poco de culpa, porque sabíamos que le pertenecían a alguien, mi culpa verdadera era que 2 boludos, iban a salir en pedo de alguna casa y sus bicis no iban a estar ahí. Esa adrenalina fue buena. Fue fantástica sentirme argentino en un país tan lejano.
Llegamos al hostel, ya cansados, subimos a la terraza, estábamos solo, abajo se escuchaban gritos, gente, habría alguna especie de fiesta o al menos murmullos en todos los idiomas.
Destape la birra, comenzamos a tomar, la noche estaba estrellada hacia calor, prendí un cigarro. Y entre todos el murmullo se escucho a una piba reir y contar que vio a un pelotudo pegarse un palo terrible con una bicicleta.
Yo lo mire a mi amigo y le dije, “serán argentinas?”. Eran cordobesas o de alguna provincia. Lo cierto es que me asome en la terraza y les dije, que el pelotudo ese era yo.
Ellas porque ya identifique al grupo, se reían y nos dijeron que no, que era otro pelotudo porque era medio chinito.
Entonces se me dio por pensar que doble pelotudo no se puede ser en la vida, que uno, anulo al otro.
Bajamos, tomamos la otra birra y nos fuimos a dormir.
Al otro día vimos elefantes. Jamas había tocado a uno ni tampoco sabia que lo iba a tocar en toda mi vida.
El elefante dicen que tiene buena memoria, yo por mi parte aprendí 5 cosas, que tengo que tener un mejor estado físico, que las calles se cruzan por la esquina, que el mundo es un pañuelo, que nunca podemos escapar de nuestra historia y que nunca se es doblemente pelotudo.
Minimizo todas las ventanas y tengo la necesidad de quemar un cigarrillo. Siento olor a quemado, es el cigarro que esta quemando en el cenicero a un filtro del otro que apague. Estoy escuchando a Casciari, recién se fue un amigo, al que quiero mucho, pero no se lo digo, porque yo nunca digo lo que quiero. Ni lo que amo. Porque soy un imbécil, y los imbéciles somos así. Somos esas clases de personas que te das cuenta después que se murieron que eran buenos tipos, pero que jamás demostraron su amor.
Y somos así, los imbéciles.
Le doy dos pitadas y escupo el humo como si eso que inhalara es una porquería que hace mal (y hace mal). Después de tanto años de fumar, ya no sos cool, ya no es por canchererar. Es por que el vicio te gobernó.
Me agarra el miedo a la muerte después de tomar unos whiskies, me agarra como una desesperación de decirle a todo el mundo que los amo. Que no sé, que me hacen feliz, que estoy contento que me hagan feliz. Que no sé, que con ellos sonrió, que no es poca cosa a esta altura de la vida sonreír. Que me veo como un robot cuando ya te sabes dónde está cada tecla del teclado y escribís casi a la misma velocidad que pensas.
Que es la vida que nos hace roca, que nos hace duros, difíciles, como si decirle a alguien que nos importa, no sé, nos hiciera más débiles, será el cerebro más jodido del mundo. No sé qué será que nos hace parecer tan tibios.
Aparecen propagandas en el televisor, porque ya nadie mira televisión, lo que necesitamos es ruido, que nos distraiga, que nos haga pensar en otra cosa, que se yo, el ruido nos impide escuchar a la conciencia, a esa voz de mierda que te hace sentir culpable de algo que vos no sabes que es, pero si sabes que la culpa es tuya, que el problema sos vos. Que todo lo que pensas sale de tu cabeza, de tu conciencia, de tu alma, de no sé qué mierda es la escuchas cuando todo está en silencio.
Por eso, yo siempre me duermo con la televisión prendida, con ruido, con algo que no me haga escuchar lo mierda que soy.
Mi amigo ahora se va a dormir, y se va despertar con mil quilombos, y se va a ir a trabajar. Y todo seguirá igual, somos así, siempre estamos dos vueltas atrás de todo lo que nos pasa.
“La vida te va haciendo cada vez más hijo de puta. Es como que siempre te va maltratando y pegando donde más duele. Te disfraza amores, próximos dolores. Pero también nos gusta un poco eso, ir muriendo de a poco, si hacemos de todo para lograr la muerte, será ese ¿el descanso final de tanto cansancio que nos provocan los días?.”
Así comenzaba la página del libro que estaba leyendo la hippie de flequillo y pelo marrón al lado mío. Tomaba café como yo cerveza. Lo primero que pensé fue “Qué ganas de morirse que tiene”, pero con carpa leí otro pedazo de texto.
“Que no se puede salir ileso, que el tiempo es lo más valioso, y que algunos lo andan desperdiciando por ahí, en una parada de ómnibus, mojándose, chupando frío. Robándonos objetos y personas que más queremos...”
No podía leer mucho, no quería quedar mal, es horrible cuando te miran de reojo pero a la vez quería sentarme al lado y compartir un libro, tomarle el café en absoluto silencio. Solo leer.
Levantó la vista, me miró y siguió leyendo, ya se estaba poniendo incomoda, y yo más, opte por pararme y ponerle más leña al hogar. Me volvió a mirar y esta vez esbozó una sonrisa, como cuando le abrís la puerta a alguien por pura cortesía.
Me senté nuevamente en el sillón, ella se sacó la bufanda, se acomodo la camisa y cerró el libro.
Lo puso sobre su falda y no alcance a leer el título, pero la vi pararse y dejarlo en la mini biblioteca, no lo acomodo, solo lo apoyo en el estante de arriba.
Fue hasta la máquina de café, se llenó el vaso y salió afuera. Volvió a entrar, se acercó al sillón, sacó un cigarrillo y me pidió fuego, le preste el encendedor. Salió nuevamente a la vereda.
La de la recepción, protesto en voz baja, no alcance a escuchar lo que decía, pero vi que salió afuera y le dijo que no podía fumar en la puerta, que tenía que irse 10 mts para algún lado, ella cruzó la calle y se quedó en la puerta del kiosco que estaba en frente. Yo la veía, tenía frío y lloviznaba, estuve a punto de salir para llevarle la bufanda que estaba en el sillón pero nuevamente no quería ser entrometido.
Opte por pararme y me acerque a la biblioteca ahí tomé el libro, estaba marcado con un papel, un folleto de comidas rápidas, lo abrí y ahí encontré la página que estaba leyendo.
Había una anotación que decía:
“Los libros no tienen dueño, podes leerlo si querés, a mi me aburrió, solo estaba haciendo tiempo.”.
Me sonreí y la alcance a ver, se estaba sonriendo.
Yo continué haciéndome el que lo leía, es que en realidad, nunca vi que ella anotara nada, quizás ya lo había planeado de antes, todo me daba a pensar que ese mensaje no era para mí.
Apagó el cigarrillo y volvió a entrar, yo le hice seña del libro, y ella me respondió en seña que no lo quería, entonces opte por hablar.
—¿Tan malo es?
—Es como muy de autoayuda, no me gusta mucho.
—Te vi muy enganchada
—Es que me pareció tan falsa la forma de entender la vida que me dio curiosidad
—Como esas películas que son malas, pero las tenes que terminar de ver, porque siempre pensás que algo bueno va a pasar y no, el final es completamente malo. Y se comprueba lo que sospechas al principio. Y eso siempre pasa por no seguir las intuiciones.—Dije eso y automáticamente pensé que boludeces se me ocurren bajo presión
—Sí, pónele que sea así. Bueno, nos vemos.
Se alejó, agarró la bufanda y se fue.
—Espera... —le dije.
Tenía ganas de decirle que se yo, cualquier cosa, ¿Cómo es tu nombre? ¿En qué habitación estás? ¿De dónde sos? ¿Venís siempre a perder el tiempo acá?
Y tristemente solo me salió decirle;
—No, nada... abrigate si volvés a salir.
Apretó el botón del ascensor, la puerta se abrió y se la comió.
Ahí quedé yo, solo en el sillón frente al hogar, con un libro que no sabía cual era apoyado en mi falda, lo di vuelta, miré su portada, el título estaba tachado con una línea en lápiz, y una frase debajo que decía “Tácticas para robar encendedores Vol. 1”.
