Ahí entraba ella, con sus trenzas, gorro, anteojos, pantalón de jean corto y top naranja flúor. La saludé tímido:
—Bom dia.
Pero ni me registró. Es que cuando la vi me impactó y me volví muy chiquito. Creo que ni me salió la voz. No sé decir otra cosa en portugués más que saludar y agradecer, porque, ante todo, lento y respetuoso.
Miento. Antes en el supermercado también dije:
—100 gramos de queijo y 100 gramos de presunto.
Que, por la etiqueta pegada en el jamón, supuse que era eso.
Yo estaba en el patio haciéndome unos sanguchitos con pan lactal. Había llegado hace 15 minutos de la playa. Era mi primer día y no conocía a nadie.
Parecía inalcanzable, pero esas cosas de la vida nos unieron y el destino me dio una palmadita en la espalda cuando la escuché decir:
—Hablo poco español.
Y ahí me volví gigante. A la mierda el traductor.
—Soy carioca. Solo estoy tres noches acá.
No volvimos a hablar. Pero a la noche siguiente coincidimos en un boliche chico, con banda en vivo. Le dije que no sabía bailar forró (tampoco sabía qué significaba; solo lo vi en la pantalla detrás de la banda) y le pregunté si me podía enseñar.
Aceptó gustosa.
En realidad, me le abalancé un poco y como que no tuvo mucha opción. Me explicó que era un paso para atrás y otro para adelante, poniendo mi pierna entre medio de la de ella y girando. Pero me perdí cuando toqué su cintura. Ya no me importaba la coordinación. Actuaba por inercia, dejándome llevar.
No sé explicar muy bien cuándo algo es lindo. Es difícil encontrar palabras sin que suene reduccionista. Pero la sonrisa que tiene no la vi nunca en mi vida.
Quizás exagero y piensan que estoy enamorado. Pero no. Estoy siendo lo más realista posible. También confesarles que un poco me volvió loco, porque empezaba a pasar eso rarísimo: que la belleza física coincidiera con la belleza intelectual. Es inteligentísima también. Y eso me pierde.
Quedaba una noche y se volvía a Recife, y de ahí a Río. En mi percepción: al infinito y más allá.
Esas cosas que pasan en los viajes: ese amor mágico lleno de confianza, esas amistades fugaces, la adrenalina de que todo es efímero y confuso… Me obligó a pensar que nos pasaba lo mismo.
Entonces, cuando bajé a desayunar al día siguiente, la vi sentada en la mesa justo al frente de mí. Y a veces lo que pasa en la noche queda en la noche, y el desconocimiento al otro día suele ser algo normal.
Pero este no fue el caso.
—¡Hola! Bom dia. ¿Vas a hacer algo a la mañana? -dije con un pedazo de tapioca reseca en la mano.
—Voy a ir a la playa de acá, a ver las piscinas naturais.
—¿Puedo acompañarte?
—Claro. En 15 salimos, si te parece.
Subí a la habitación como si tuviera algo importantísimo que hacer, solo para esperar 15 minutos y bajar de nuevo, ya menos excitado, más calmado.
Caminar y escucharla hablar tan bien español, mientras yo hablaba tan mal portugués, por momentos me daba risa. Intentaba ocultarlo para no parecer un esquizofrénico riéndome solo.
Pasamos horas dentro del mar. Ese mar calentito. Rompí todos mis récords de tiempo sumergido en agua.
Al salir ya estaba oscureciendo y la caminata se volvía cada vez más lenta.
Nos detuvimos frente a la puerta y ella dijo:
—Qué hermosa luna. Qué linda noche. Me encanta.
Y yo, que soy un imbécil, le dije que sí, pero que me gusta más cuando la luna está llena.
Y no le dije: “Você é linda demais, sabia?” para después besarla como Humphrey Bogart besó a Ingrid Bergman a la luz de la luna.
Y como si fuese la última bala en el cargador, me salió:
—¿Te gustaría que salgamos a cenar juntos?
Tensión.
Respondió que sí.
¿Acaso es una cita? ¿Se me dio? ¿Eso que veo a lo lejos son fuegos artificiales?
Esa noche, calculo que por nervios, la saludé cuatro veces con doble beso (porque en Río se saludan así) y le dije mínimo tres veces que me escriba y yo pasaba a buscarla.
Lo que viene a continuación es el comienzo de mi mejor peor anécdota.
Eran las 19 y esperaba su mensaje.
Se hicieron las 20.
Las 21.
Para mí fue como un ghosteo internacional. Ese ghosteo fala português, pensé.
Pero a las 21:49 llegó su mensaje:
—Hola. Yo estaba dormida.
Bueno, más vale tarde que nunca pensé.
—Voy a salir con las chicas de mi quarto.
Prefería estar durmiendo antes que leer eso.
Yo entendí que, si salía con las chicas, no quería salir conmigo. Y en un acto de completo egoísmo e inmadurez le respondí:
—No hay problema. Salí con las chicas y aprovechá tu última noche.
—¿Querés venir? -dijo.
A esta altura es por pura cortesía, pensé
Ella solía tardar entre 20 y 30 minutos en responder. Entonces contesté rápido:
—Sí, me gustaría verte. Pero también respeto si es solo salida de chicas.
Esperé unos minutos, no hubo mucha insistencia y me dormí vestido, me desmayé.
Estaba cansado de la noche anterior, había dormido solo cuatro horas. Podría haber hecho una siesta reparadora, pero no lo hice por esperar su mensaje y por miedo a dormirme.
23:30 fue la última vez que vi el celular.
A las 00:05 me escribió que estaba en una rua donde había música que estaba muy bueno.
Al otro día me sentí medio un pelotudo, pero se me fue pasando.
Yo pensaba que ella viajaba de madrugada a Recife, pero vi que se fue después del mediodía. Podría haber pasado la mañana con ella. Estaba despierto desde las 8 de la mañana, superdescansado. Hasta que recordé que me había anotado para una clase de surf.
SURF.
Algo que jamás hice y lo estaba haciendo justo cuando mi amor de verano se estaba yendo.
Yo iba para Recife también, pero un día después. Ella ya estaría en el avión de vuelta a Río.
Todo parecía indicar que el destino nos alejaba para siempre. Y yo me quedaría sin despedirla.
Hoy ya en Argentina, recibí un mensaje. Seis días después de la última vez que nos vimos:
—¿Conocés una buena agencia de viajes para Ushuaia?
Era ella. La morocha más linda de todo Brasil.
La conexión fue real. No me equivocaba. Los planetas se alinearon.
Viene para Argentina en 20 días.
Ansiedad y estrés, prepárense para entrar en mi cuerpo.
—Estoy pensando en ir y quizás tenga una escala de varias horas. ¿Podríamos vernos?
Claro que sí. Solo me costaría viajar una hora y media de ida, buscarla en el aeropuerto, ir a un restaurante a 40 minutos, después llevarla al aeropuerto otros 40 minutos y volver una hora y media más a mi casa. Como ir a Mar del Plata. Pero por la morocha, todo.
Entonces le comenté que, si quería, yo podía sacar una o dos noches de hotel y hacer un plan más relajado.
Respondió rápido. Dos letras.
N-O.
¿Cómo se me ocurrió decirle eso a una mujer que solo me conoció un día y que va a estar en otro país sola? ¿Soy el fucking Ted Bundy?
Después le escribí que no era ninguna molestia aprovechar la escala de 19 a 7. Podíamos cenar, charlar, divertirnos, mostrarle algo de Capital. Un plan tranqui.
Pero como cagarla es gratis y tiendo a sobrepensar, la única forma de tranquilizarme fue enviar el siguiente mensaje, de la manera más sincera posible:
—Quiero que sepas que me gustás y por eso me interesa volver a verte. Si estás en la misma sintonía, nos vemos. Si no, tudo bem. No hay problema. Te recomiendo que saques el vuelo con escala más corta y en Aeroparque, porque Ezeiza es horrible.
Necesitaba una garantía. Ordem e Progresso. Porque si no ya sería la cuarta vez que se truncaba esta historia que nunca empezó.
La primera: me dormí.
La segunda: el surf.
La tercera: Recife.
La cuarta: en mi país.
De local nunca, maestro.
Esta vez rompió el récord y respondió dos horas después:
—Cambié mis planes de vuelo. No te preocupes.
Kkkkkkk y sí, yo hubiera dicho lo mismo.
Igualmente, en esa demora ya me había respondido.
Me sirvió para comprobar que el destino no tuvo la culpa. Que las decisiones que nos gustan se responden rápido. Que si el interés es mutuo, se hace cualquier plan.
Que hay que aprender a disfrutar los momentos. Y que la vida es así (supongo).
Después me dejó en claro que lo que pasó fue solo amistad. Creo que de Ted pasé a ser una especie de Roberto Carlos.
De esos días me quedaron algunas canciones, un par de fotos y esta historia que ya no sé qué es verdad y qué es mentira.
Solo espero un mensaje que diga:
—Oi.
Si lo hace, solo le responderé:
“Você tem um sorriso que desarma qualquer um.”
Y que sea lo que Deus quiera.
Archivado en: Comedias Dramáticas , Historias Propias , Los hombres también lloran
