Te Cortaría en Mil Pedazos : relatos, historias propias. Resucitandote en cada historia. | Weblog de Cristian Sena

—¿Podes dejar de mirar culos, por un segundo? que esta por bajar mi mamá. Venís cogoteando hace tres cuadras, me molesta demasiado. La próxima, te doy un codazo en la boca del estomago. –Dijo Laura, una amiga. A la cual accedí amablemente a cumplirle un favor.
—¿Vos te pensas que tu vieja es pelotuda? Esto es una locura. –Respondí.
—No me jodas, por que cada segundo que pasa dudo más en hacer esto. –le aclare.
—Bueno, ahí viene mamá –dijo Laura. A lo lejos se abrió el ascensor y se podía divisar a una señora rubia, con un collar de perlas blancas, un vestido bordó, y unos zapatitos negros.
—Ok, ¿sonrío? –le digo a modo de broma.
—Córtala boludo –dijo sin mover los labios para que la madre no se los lea.
Frente a nosotros la madre de Laura. Abrió la puerta y dispare una carcajada terrible. Es que no me imaginaba que usaba esos anteojos culo de botella. Que desde que soy chico me causan gracia. Además por si fuera poco, cuando me repuse de la carcajada, dijo;
—Hola chicoggffss -Su dentadura necesitaba un cambio urgente. Nuevamente mi risa hizo que mi amiga fingiera una tos, para tapar mi tentación.
—Mamá él es Mauricio. Mi novio. Te acordas que hoy veníamos a cenar ¿no?.
—Si hija, como no me voy acordar. Hola Mauricio, un gusto enorme conocerte. Por cierto me llamo Norma. –Dijo Norma, mi “suegra”.
—Hola Norma, pero por favor, el gusto es mío. –respondí.
—Bueno, pasen chicos, arriba esta papá, te cocino tu comida favorita. –dijo Norma.
Que lindo, un asado, con molleja, chinchu, riñón, chorizo. Ya me cayo bien el “suegro”. Esta noche será maravillosa. Mas no puedo pedir.
Nada más incomodo que el ascensor. Que situación de mierda, esos 15 segundos en que subís con gente que no conoces. Y estoy harto de frases pelotudas de ascensor como por ejemplo “¡Que calor que hizo hoy!”.
—¿Sintieron el calor que hizo hoy? –dijo Norma, desaguándose la frente, con su propia mano.
Nadie omitió palabra. Se abre el ascensor y Norma me agarra con su mano toda sudada mi brazo para descender el pequeño escaloncito.
Por dentro un asco, Laura, miraba y reía. Ella sabe que odio el sudor. Y mucho más el ajeno.
Caminando por el pasillo, llegamos a la puerta. Abre Norma, y pasa. Quedo en el medio, Laura de atrás me empuja para que entre. Mi timidez, hace una pequeña resistencia, me doy vuelta y digo en voz baja.
—Laura, vamonos a la mierda. Por favor. Dale, déjate de joder, se van a dar cuenta. –Ella ríe y me empuja despojando mis manos del marco de la puerta.
—Entra no seas bobo, papá es un amor.
Ya estoy en el comedor, de la cocina se escucha;
—¡Norma, quien era el molesto que toco el timbre! –una voz ronca y aguda. Es el padre, que hostil.
—Son los chicos, que vinieron a comer. –responde Norma.
—Ahhhh, ya voy chicos. –dice el padre simulando ser gentil.
En ese momento, mi corazón estaba por salir de mi cuerpo. Laura, se sentó en el sillón, yo estaba parado, casi temblando, ella miraba y me hacia señas de que me siente.
—Hola princesita, ¿Cómo estas? –dijo el padre, la abrazo y le dio unos de esos besos de padres que no ven a sus hijos hace años. Uno así. Muy largo.
—¿Y vos sos..? –me pregunta.
—Mauricio, ¿Qué tal? Un gusto señor –respondo
—Pero no me digas señor, por favor, decime Papá. –Dijo Papi. Dios, esta situación se estaba tornando impredecible.
—Bueno, papá –y gesticule una sonrisa falsa. Podía sentir la risa de Laura a espaldas del Padre.
—Chicos, la comida ya esta lista. ¿Tomamos un Fernando, Mauri? –pregunto el padre.
—Dale, yo lo preparo, soy especialista. –respondí, amablemente a su proposición, un rico Fernet con Coca, el alcohol, me hace más sociable.
—No, vamos a comer, tengo mucha hambre, no doy más. –Dijo Laura, cagandome todas mis ilusiones de tomar un Fernet. La miro entrecerrando mis ojos, como diciendo “te voy a matar”. Pero accedí y fuimos para la mesa.
—Será en la próxima, suegrito. –le dije al Padre.
Ya en la mesa, veo al padre venir con una olla enorme. El asado descartado. La madre traía una pequeña cazuela con una salsa espesa. Papas fritas descartadas. Miro los platos, hondos. ¡Mierda! Comienzo a rezar, “que no sean pastas, que no sean pastas, que no sean pasta…”.
—¡¡¡Unos ricos Sorrentinos!!! –grita la madre desaforada, interrumpiendo mi conexión con dios. ¿Sorrentinos? En 26 de Febrero, s-o-r-r-e-n-t-i-n-o-s, es increíble.
—Que rico, me encantan las pastas. –dije con una desazón, con una desilusión impresionante. Pero bueno, ¡Vamos Macho! la vida continua, trate de darme ánimos.
—Aayyyyyyyy como te acordaste papuchooo –dijo Laura, feliz de la vida.
—¿Y adivina de que están rellenos? –pregunto papucho.
Ojala que sean de jamón y queso, de carne, de pollo. De rata, pero por favor. Que no sean de verdura. Por favor dios, si estas en alguna nube cercana, ¡tirame una soga! ¡Aunque sea para ahorcarme!.
—A verrr…. ¿Empieza con C? –dijo Laura, haciéndose la chiquilina. Con eso no solo enternecía a la madre que se la podía ver con una cara de anestesia total, además de eso, también ganaba mi más profundo desprecio.
—Cala… –dijo Norma, no soporto más.
—¿Calabaza? –pregunte yo, tampoco aguante más, cuando dijo Cala, descarte que sean de Cebolla, cosa que seria algo muy espantoso.
—¡Tenía que adivinarlo ella, imbécil! –me dijo papucho, enculadísimo.
¿A quien carajo le puede gustar “Sorrentinos de calabaza”? A esta pelotuda sola. En mi lista de comidas que detesto, esta tercera. Primero viene el zapallito, segunda la batata, tercera la calabaza, y la lista es prácticamente todas las verduras.
Norma, destapo la cazuela y pude ver un moco gigante de color rosa. Agarro el cucharón y comenzó a subirlo y a bajarlo dentro de la cazuela.
—Mira Lau –dijo Norma, señalando la cazuela-, te prepare la salsa rosa, que a vos tanto te gusta.
—Hay son dos amores, ustedes hoy me van a matarr –gracias por esta hermosa cena, como los quiero.
—Es verdad, me están matando –dije en voz alta, se hizo un silencio de unos cinco segundos y todos se miraron, tratando de interpretar lo que dije.
—Claro, yo ya me siento un hijo más –retruque como para calmar las aguas.
—Bueno, sirvo por que se enfría –dijo el padre al ver que ya estaba pasando vergüenza.
—Carlos, pásame el queso –dijo Laura. ¿Carlos? Le dije que era mala idea que me cambie el nombre, que se iba a olvidar, pero insistió.
—Carlos Mauricio –dije yo en voz alta.
—Aunque Carlos es un nombre feo. Por eso no lo uso. Es nombre de viejo. –Trate de que sea más valida la excusa.
—Pero por que no te vas a cagar –dijo el padre. Y miro al plato, desanimado, negando con la cabeza. Hasta ese instante no entendía, si me lo había dicho a mi, o si había contraído de golpe esquizofrenia y hablaba con algún duende imaginario.
—Ay Papá, él no sabe que te llamas Carlos. No tenes que ser así. –dijo Laura. Mientras yo, escupía todo el vino sobre el mantel. Por la tentación de risa que me agarro, al saber que él se llamaba Carlos de verdad.
Solo tres nombres no puedo escuchar sin evitar reírme, Carlos, Gonzalo y Gustavo. Automáticamente se me vienen tres frases que digo constantemente. “Sos re Carlitos”, “Es un Gonzi ese flaco” y “Es muy Gusti”.
—Ayyy, no me digas que cayo adrentrofffsss de la cafssuela –dijo Norma con total desesperación. Percibí que el problema de su dentadura es solo cuando se pone nerviosa.
Mientras el padre, se paro de la mesa y camino hacia la cocina. Laura no dudo en levantarse de la mesa y buscar al padre.
Desde la cocina se escuchaba, “Laura, ese pibe es muy pelotudo, ¿de donde lo sacaste?, desde que esta en la casa me irrita su presencia, ¿viste lo que hizo recién?. Garseo toda la cazuela, mancho todo el mantel, cuatro horas estuvo mamá preparando la salsa, para que este mamarracho venga y en dos segundos la escupa toda. Es un pendejo, o lo echas vos o lo echo yo.” La voz de Laura, en ningún momento se escucho.
-Norma, disculpe, me ahogue. En realidad me estaba riendo, pero no piense que me rió de ustedes, solo me causo gracia ver que al apoyar sus anteojos no se dio cuenta y lo dejo en el tarrito con queso. –dije eso y automáticamente, me pare de la mesa y me fui.
Laura, jamás había llevado un novio a su casa. Y pensó que llevándome a mí, sus padres estarían un poco más felices. Ella estudia en La Plata, a los padres los ve tres veces al año. Tiene 34 años, y sueña con ser psicóloga.
Unos meses más adelante me comento que hasta los 18 era vegetariana y que esa era su comida preferida. Luego comprendió, que había muchos animalitos.

1 Comentario:

# Anónimo dijo...

jajaja;ESTA BUENISIMO ajajaja
QUE RISA jajaja
ME DICEN QUE PARESCO LOCA MIRANDO UNAS PALABRAS Y MATANDOME DE LA RISAjajajaj

GRACIAS Y SABES QUE SOY UNA FIEL SEGUIDORA!


BESOS...ANONIMO jajajajà PAULITA

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